Hay días en los que no pasa nada especial y, aun así, algo se mueve por dentro. Puedes acabar pensando en el pasado, ¿fue así?, ¿no fue así? y cuando te quieres dar cuenta, ha pasado un buen rato en el que has disociado, has dejado de estar en el presente para estar en el pasado.
No porque duela, ni porque haya nada especialmente pendiente. Simplemente ocurre. La cabeza, cuando no tiene una tarea clara, se pone a rebuscar en cajones viejos casi por inercia. Como abrir la nevera sin hambre (me ha pasado varias veces).
Y no hay revelación ni aprendizaje profundo, solo ese pensamiento seco y un poco irónico: joder, qué de tiempo libre tengo. No tiempo en el reloj, sino espacio mental. Un hueco que nadie estaba ocupando y que el cerebro ha decidido llenar con recuerdos reciclados.
No es nostalgia ni huida. Es ocio mal dirigido (o bien dirigido si estás en el trabajo y empiezas a divagar). Cuando estás realmente presente, no te vas tan lejos. Te quedas. Y quizá pensar en eso diga más del momento actual que de cualquier escena pasada.